Hubo un momento no tan lejano en que la mesa estaba servida: estudias, trabajas, creces, ganas más dinero y repites el ciclo hasta el retiro. Eso era la fórmula. Pero entre viajes, reseñas de comida, microinfluencers, hostels instagrameables y la cultura de “experiencia sobre posesión”, algo cambió. Y cambió fuerte.
Las nuevas generaciones crecieron viendo que la vida se mide en vivencias, no en cosas. Viajes baratos, comida callejera con estrellas en TikTok, conciertos que valen más que los muebles del departamento… y un mercado laboral que no entendió el memo hasta hace muy poco.
Hoy, antes que preguntar “¿cuánto voy a ganar?”, la pregunta es otra:
“¿Qué voy a aprender? ¿A quién voy a impactar? ¿Cómo me van a tratar?”
Pum. Reset completo al juego laboral.
La economía de la experiencia se coló al trabajo
Primero empezamos a pagar más por un café bonito que por uno fuerte. Luego preferimos un viaje a una laptop nueva. Después los restaurantes se volvieron sets de grabación y las vacaciones se volvieron parte del “branding personal”. Y sin darnos cuenta, convertimos la experiencia en la nueva moneda emocional.
Ese mismo chip migró al empleo.
Hoy un trabajo no solo compite con otros trabajos; compite con el estilo de vida que promete. Con la posibilidad de crecer, sentirte parte, aprender algo real, no solo “cumplir años” en un puesto.
Los jóvenes traen otro guion
La conversación laboral se transformó. Antes:
—¿Qué prestaciones tiene?
—¿A cuánto depositan?
—¿Qué horario es?
Ahora:
—¿Puedo aprender cosas nuevas?
—¿Qué proyectos voy a tocar?
—¿Se invierte en mi desarrollo?
—¿Es un lugar donde me van a tratar bien?
Y ojo: no es una “exigencia millennial o centennial”. Es una lectura más honesta del mundo. Saben que el trabajo es parte de la vida, no la vida completa. Y saben que el aprendizaje es capital real: abre puertas, genera opciones y sostiene carreras mucho más que un aumento de 3% anual.
Impacto > ingreso
Para muchos jóvenes, un sueldo competitivo es básico, sí, pero no suficiente. Lo que los mueve es sentir que lo que hacen importa. Que su tiempo no solo se convierte en reportes y correos, sino en algo que cambia (aunque sea poquito) su entorno.
Empresas que entienden esto están ganando la batalla por el talento sin necesariamente ser las que pagan más. Son las que escuchan, las que invierten en su gente, las que dan feedback, las que tienen líderes que no confunden “presión” con “desarrollo”.
Y así llegamos al presente: donde la experiencia manda
El viejo manual decía que el trabajo era una transacción: dinero por tiempo.
El nuevo manual dice otra cosa: crecimiento por contribución.
Las empresas que no entiendan esto se van a quedar esperando candidatos. Las que sí, se van a convertir en imanes de talento: personas que buscan aprender, experimentar, aportar… y sí, también vivir.
Porque al final, la pregunta dejó de ser “¿cuánto me van a pagar?”
La verdadera pregunta ahora es:
“¿Vale la pena estar ahí?”

